Que en la propia portada del libro el nombre del autor sea más grande que el título del mismo, no es casualidad, sino anticipo del sello de calidad, garantía de lo ameno de cuanto esconde en esta, como nos viene acostumbrando últimamente, larga narración.
Cuando en un libro pierdes la referencia del número de página por el que vas y de cuántas quedan para finalizarlo es porque has encontrado el equilibrio en el placer por la lectura.
Ken Follett, para mí, se ha convertido en un referente a la hora de acercarte a algún acontecimiento histórico, adentrándonos en él a través de la cotidianeidad de unos personajes perfectamente contextualizados.
No es necesario realizar una peli, la propia novela lo es, sobre todo concentrado en la última página, en la última escena, en el último encuentro en el rellano de esa escalera en la que "los de arriba" bajan y ceden al paso a "los de abajo" que suben.
Si ya a principios de siglo eran obsoletas las monarquías, sobra decir en qué punto se encuentran ahora. Es más, el final de la Primera Guerra Mundial parece ser el triunfo de las democracias, y ya vemos lo caducas que empiezan a estar.
Otro matiz, no hay cambio brutal sin revolución precedente. O peor, algunas revoluciones populares importantes no son sino enmascaradas dictaduras.
Una última cosa, los que intervinieron son a la postre los que se siguen repartiendo el pastel. Algunos han renacido de sus cenizas.
En fin, que estoy deseando atacar el "Invierno del Mundo"... pero antes nos tomaremos un descansito y tiraremos de otras lecturas.
De momento he decidido seguir la singladura de unas "rayas" que Cortázar nos dejó indicadas. Cuánto estoy disfrutando.
CELÓSIME.




